Ricardo Hernández García. In Memoriam

El pasado 26 de febrero nos dejó Ricardo Hernández García, quien habría de cumplir 51 años justamente un día 26, de agosto. Serán muchos/as en el futuro quienes aprendan de sus trabajos y alumnos/as que evoquen su magisterio. Pero antes de que el damnatio memoriae borre su recuerdo, reducido a un pie de página, procede glosar una trayectoria profesional ejemplar. Cumplo con la dolorosa misión de redactar una elegía modesta, en la que ensalzar sus cualidades, dejar por escrito el testimonio de mi agradecimiento por el tiempo compartido y ensalzar los buenos frutos de su esfuerzo. Otras personas que trabajaron con él lo harán con más tino que yo en este epitafio tardío, doloroso y emocionado. Los repositorios y el cuarto sexenio continuo, concedido en junio de 2026, ya dan cuenta objetiva de su excelencia académica.


Nació en Valladolid, ciudad en la que murió, en el seno de una familia modesta. A él le gustaba definirse como “un chico de las Delicias”, un barrio obrero de esta ciudad, en cuyo instituto público estudió. Eligió, guiado por una vocación férrea, la carrera de Historia, en la Facultad de Geografía de la Universidad de Valladolid donde tuvo el privilegio del que siempre se jactaba de haber tenido profesores de la talla de Julio Valdeón y Alberto Marcos.

Llegó al departamento de Historia Económica como becario del Programa de Formación de Personal Investigador (PFPI) apadrinado justamente por el último de los profesores citados (quien le disuadió de su primitiva intención de opositar a facultativo de archivo). Las referencias que dio de él- como si su propio criterio no bastase- fueron extremadamente certeras: “Es una buena persona”. Gozó desde entonces de la maestría de Ángel García Sanz. Ricardo fue el último y el favorito confeso e incontrovertible de sus discípulos. Se ganó su aprecio gracias a su llaneza, trabajo y lealtad. Compartieron despacho y horas de charla durante años sobre la cuestión que a ambos les apasionaba: la manufactura lanera. Ricardo (y tomo prestadas las palabras de un compañero y referente de ambos) era para Ángel el hijo historiador que no tuvo; y para Ricardo el padre que perdió en su juventud. No hay exageración ni agravio en lo dicho. Ricardo tuvo como tarea más complaciente, pero también muy gravosa emocionalmente, la compilación y corrección de textos dispersos redactados por su maestro, editados gracias a la iniciativa de Ricardo Robledo, Francisco Comín y Vicente Pérez Moreda. “He tenido a Ángel frente a mí y en mi cabeza a diario durante dos años”, me dijo cuando la concluyó.

Hizo la tesis doctoral bajo su dirección sobre la industria textil en Astudillo, un pueblo en Tierra de Campos de poco más de mil habitantes y de enorme belleza patrimonial. Creo que allí transcurrieron los cuatro años como investigador placenteros. Pudo trabajar con plena libertad y en las mejores condiciones gracias a la ayuda de un buen alcalde y amigo-Agustín Manrique- en un archivo catalogado habilitado en las viejas escuelas. Allí trabajó con sosiego y perseverancia.  En este pueblo palentino encontró acomodo perfecto a su carácter y manera de entender la investigación.

Presentó una tesis ejemplar que daba comienzo con la formación de este enclave manufacturero hasta el cierre de la última de las fábricas en la década de 1950; fue un ejercicio metódico de análisis de las implicaciones de la suerte de esta actividad en la localidad en todos los órdenes sin descuidar la de otros núcleos cercanos. Así lo supieron valorar quienes la juzgaron: Antonio Parejo, Josep María Benaul, Juan Helguera y Santiago López. De esa tesis y de sus pesquisas posteriores nacieron tres monografías de imprescindible lectura para quienes cultiven la historia del sector y la historia Económica de La Meseta.

Alberto Marcos y Ángel García Sanz le inculcaron su querencia por el Catastro del marqués de la Ensenada. Le atribuyo con el convencimiento pleno la condición de ser el mejor conocedor del mismo de su generación. Profesaba por esta fuente una auténtica idolatría. Concepción Camarero supo ver estas cualidades. De su mano profundizó en sus posibilidades analíticas. En los últimos años colaboró con otro geógrafo: el vallisoletano Julio Fernández Portela, con quien publicó textos exquisitos.

Carmen Sarasúa le brindó también un respaldo y confianza plenos. De su mano acometió el estudio de la inserción de la mujer en el mercado de trabajo, en la explotación del trabajo infantil y, más recientemente, de los ingresos aportados a los ingresos familiares por las nodrizas en el Antiguo Régimen. En los últimos meses de su vida se entregó aún más al estudio del Catastro para contribuir al colosal proyecto de elaborar un atlas de las manufacturas en la Corona de Castilla a mediados del XVI. Entregado a estas pesquisas, gracias a Concha y Carmen “Ricardo, fue feliz”, en sus propias palabras que me atrevo a reproducir.

Era un modernista interesado también en el esclarecimiento de la incidencia de las situaciones cíclicas críticas en la economía castellana, en este caso animado por Francisco Comín. Pero también superó ese límite temporal para ocuparse de la Guerra Civil, cuyo estudio le apasionaba o de la antropometría en Castilla y León, cuyos resultados son aún inéditos. No pudo culminar un trabajo sobre la incidencia de la filoxera en Valladolid por un dichoso documento perdido en Alcalá de Henares que no pudo consultar (viene a cuento este detalle para mostrar su celo). Dejó inconclusos también textos sobre el cultivo de la rubia y de la achicoria en esta región, huérfanos de su saber- si se me permite la licencia- a los expósitos a quienes dedicó su tiempo merced a la maestría de Vicente Pérez Moreda, un par de estudios de lanas a punto de rematar en los que yo le embarqué, como en otras tantas indagaciones no culminadas, caso de la migración a Cuba a finales del XVIII por la falta de la resolución editorial de sus mentoras.  Entono el mea culpa. Su marcha nos privó de los resultados de sus averiguaciones sobre la manufactura linera en el partido de Cervera de Pisuerga empleando los Memoriales del Catastro de Ensenada con los que estaba muy satisfecho.

Ricardo Hernández se tomó muy en serio sus responsabilidades en la divulgación tan desatendida que le satisfacía en grado sumo. Tuvo por compañero en esta labor a José Ortega Garrote. Colaboró con la Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica y el Ateneo Republicano de Valladolid. De hecho, su última intervención pública no consistió en la presentación de una ponencia académica, sino en una charla en un pequeño pueblo palentino- Villalcázar de Sirga- en la que cautivó a los vecinos (no exagero en absoluto) sobre su economía a mediados del siglo XVIII. Fue una disertación póstuma ante la gente con quien él gustaba compartir su conocimiento.

Ricardo impartió prácticamente todas las asignaturas del área, tanto en Segovia como en Valladolid. Lo hacía- siguiendo fielmente la consigna de su maestro de que no hay buen investigador que sea mal docente, y a la inversa, con extraordinaria profesionalidad. Perdió la cuenta de las veces que fue escogido padrino en ceremonias de graduación en ambas ciudades, de los trabajos fin de grado y de los de fin de máster que dirigió con una paciencia y dedicación de la que pocos podemos presumir. He de confesar que envidiaba su habilidad para captar la atención de los alumnos en sus visitas guiadas por Segovia y Valladolid para recrear su historia económica. Hacerlo como lo hacía visitando el Museo Nacional de Escultura requería un saber y una capacidad para trasmitirlo que me asombraban.

Todos estos logros los obtuvo con salud menguada y sin descuidar su prioridad absoluta: la familia. Una trayectoria profesional con tres hijos (Alberto, Marta y Guillermo) reclama mayor reconocimiento si cabe. A ellos les trasmitió su pasión por el balonmano, por la Real y el Barça (no pudo recrearse con sus victorias y las de la selección; me atrevo a vincularlas a su memoria), las setas, el contacto con la naturaleza y sobre todo sus valores, que compartía con Natalia, su compañera desde los quince años: la llaneza, la bonhomía y el espíritu de sacrificio. Sus escapadas para visitar templos románicos palentinos de donde regresaba cargado de galletas, la belleza de Peñíscola y de las montañas cántabras, las travesías mañaneras corriendo por las riberas vallisoletanas del Pisuerga (que movía los batanes de Astudillo y regaba los linares de Cervera), sus lecturas de textos sobre el origen del fascismo, los paseos con su perro Ninja,   los documentales militares, Madrid, una urbe que le fascinaba, su ciudad natal  eran algunas de las cosas, algunas pequeñas, inútiles e insustanciales muchas de ellas, pero complacientes con las que disfrutaba, siempre en la compañía de Natalia. Todo lo que le alejase del ruido y de las estridencias, que le permitiese mantener su esencia de hombre de barrio de origen humilde, que le acercase a lo que importa y enriquece, le servía. 

Militó en la alergia a los oropeles y las grandes ligas, a la búsqueda de atajos curriculares, a las insignias en forma de siglas, a que las exigencias ministeriales guiasen su vida. Justamente por su aversión a todo aquello que perturbase su placidez   obtuvo lo que no buscó: el prestigio de que gozaba pero del que no alardeaba y la proyección de su obra. Jamás renunció a sus convicciones para subir un peldaño; más bien lo bajaba a fin de pasar inadvertido. Fracasé en mi intento de inocularle más ambición.  Tenía razones compartidas para desdeñarla. Nunca le dije “haces bien”, aunque lo pensase. 

Supo sobrevivir en un entorno turbulento- justo es decirlo- eludiendo conflictos, esquivando golpes, atendiendo exclusivamente a las inquietudes mencionadas. En los 25 años que tuve la oportunidad de gozar de su amistad jamás le vi perder los papeles o levantar la voz. Cuando venían mal dadas, buscaba refugio en su familia, Nava del Rey- su pueblo- y el Catastro. Cuando llegaban buenos tiempos, también.  Era- retomando la descripción de Alberto Marcos que reproducía párrafos atrás- una buena persona. Muchos compañeros saben y disfrutaron de esta condición. Nunca escatimó muestras de gratitud y lealtad a quienes las merecían, ayuda a quien se le reclamaba, consejo a quien lo requería (yo le llamaba “el hombre que nunca se equivoca”).

Falleció- literalmente- leyendo a Jovellanos. Fue “un golpe helado”- que diría el poeta- en una madrugada invernal e infernal para quienes lo queríamos, que éramos muchos.  En la mesa de su despacho- frente a la que fue de su maestro- dejó unas anotaciones realizadas durante una conversación telefónica con Jorge Ibáñez (andaban enfrascados en un trabajo comparativo sobre las unidades de medida en Castilla), una historia de Ciudad Rodrigo, de donde también procedía, el Fracaso de Jordi Nadal, el libro sobre la reforma agraria de Ricardo Robledo y los apuntes de sus clases.

Murió injustamente el chico de las Delicias dejando un legado excepcional. Pero también un dolor inabarcable. El único consuelo que encuentro es la certeza de que marchó sabiendo que hizo las cosas bien como profesor, como esposo y como padre. Doy fe de todo ello.

 

Javier Moreno Lázaro

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