Semblanza Dr. Nadal a cargo de Carles Sudrià

Jordi Nadal Oller  

(Cassà de la Selva, 14 de marzo de 1929 – Barcelona, 8 de diciembre de 2020) 

El pasado 8 de diciembre falleció en su domicilio de Barcelona Jordi Nadal, a los 91 años. Poco puede aportar quien esto suscribe a lo que es conocido por todos los miembros de esta asociación que el propio Nadal contribuyó a fundar. Todos sabemos de su personalidad arrolladora, de su capacidad de transmitir pasión por la tarea de investigar y de enseñar. Todos y cada uno de nosotros nos hemos formado en la lectura de sus obras. Las hipótesis que él planteó, las nuevas perspectivas que abrió en muchos ámbitos, su incansable actividad como divulgador, nunca enfrentada con la de investigador de base, han sido bastiones sobre los que muchos de nosotros hemos construido nuestro propio perfil como historiadores económicos.  

Jordi Nadal nació el 14 de marzo de 1929 en Cassà de la Selva (Girona). Con su hermano Lluís, fueron los hijos sexto y séptimo de una familia acomodada de industriales corcheros. El abuelo, Francesc Oller, se había establecido en Reims donde alcanzó una posición relevante en la producción de tapones para champán. El matrimonio de la hija menor del patriarca con Joaquim Nadal, también industrial corchero, aunque de menor entidad, dio pie al establecimiento en Cassà de una segunda factoría de la empresa de Reims bajo la dirección Joaquim, el padre de Jordi. El estallido de la guerra civil aconsejó el traslado de la familia a Francia, donde los más pequeños adquirieron el dominio del idioma galo. Un gran activo que facilitó que, a la vuelta a Cataluña, se optara por el prestigioso Liceo Francés de Barcelona para continuar su educación. Jordi cursó allí los últimos cuatro años del Bachillerato. En 1946 obtuvo el título correspondiente tras superar el preceptivo examen de Estado.  

Los designios paternos encaminaron al joven Jordi al oficio de notario, razón por la cual se decidió que cursara la carrera de derecho. El mandato familiar, sin embargo, no convencía del todo al interesado, que optó por matricularse también en la Facultad de Filosofía y Letras, especialidad de historia. En los cursos siguientes simultaneó sin especiales dificultades ambas licenciaturas. Exiliados o depurados los grandes maestros de la Universidad Autónoma republicana, la universidad de la postguerra ofrecía pocos estímulos. Se comprende así que el regreso a la Universidad de Barcelona en 1949 -ya como joven catedrático- de Jaume Vicens Vives, formado con aquellos maestros y dotado de un gran dinamismo y un especial carisma, tuviera un gran impacto entre el pequeño grupo de estudiantes de historia. Jaume Vicens lanzó nuevas líneas de investigación y abrió las puertas a las nuevas tendencias históricas que surgían en la Europa renovada. Nadal finalizó en unos meses las dos licenciaturas que cursaba y se incorporó de inmediato al grupo liderado por Vicens. El interés por la historia se había transformado en auténtica vocación. Convertirla también en profesión no sería cosa fácil. 

En 1952 pudo acceder a una modesta plaza de ayudante de historia de la cultura de la Universidad de Barcelona, plaza que mantuvo bajo diversas fórmulas hasta el curso 1954-55 en el que se incorporó a la flamante Facultad de Ciencias Económicas, acabada de inaugurar. Vicens se había hecho cargo de la docencia de historia económica de España y Nadal ejercería de ayudante. En los años siguientes pudo concluir su tesis doctoral, presentada en 1957, y realizar estancias de investigación en París, Pavía y Liverpool. La prematura muerte de Vicens, en 1960, desbarató todos los planes. Nadal consiguió ser reconocido como encargado del curso que dictaba Vicens, pero en condiciones precarias. En 1961 concurrió a las primeras oposiciones a cátedra de historia económica, que ganó Felipe Ruiz Martín. Las siguientes no se convocaron hasta 1967. Nadal ganó la correspondiente a la Universidad de Valencia, en la que ejerció los cursos completos. En 1970 pasó a la recién creada Universidad Autónoma de Barcelona, en la que se mantuvo hasta que en 1981 se abrió la posibilidad de volver a la Universidad de Barcelona. Un regreso no iba a ser ni fácil o ni agradable pero que Nadal entendía como una obligación moral para devolver a la enseñanza y la docencia de la historia económica el nivel que había alcanzado bajo la inspiración de Jaume Vicens. A ello se dedicó con denuedo hasta su jubilación en 1999 y siguió haciéndolo en los años siguientes mientras la salud se lo permitió.  

De esta trayectoria de plena dedicación a la Universidad quizá sea su faceta como profesor la que menos ha trascendido más allá de las aulas. Y en cambio, esa era la tarea a la que más tiempo dedicó y la que consideraba más importante. Todos y cada uno de los que nos iniciamos en las tareas docentes bajo su responsabilidad, fuimos solemnemente advertidos de que dar clases y atender a los alumnos era nuestra primera obligación, la que la sociedad nos confiaba y por cuya ejecución nos remuneraba. Si el nivel de exigencia que demandaba a sus colaboradores era en general elevado y ciertamente insólito en nuestro entorno universitario, lo era mucho más en lo referido a la docencia. Nada valoraba más en las personas que trabajaban con él que la capacidad y la voluntad de enseñar. Añadamos que su pasión por enseñar y por investigar no le impidió participar con ideas propias en el debate social sobre la educación ni aceptar responsabilidades de gestión cuando le pareció necesario.  

Sin embargo, es sin duda su trabajo de investigación y las publicaciones que nos ha legado, lo que nos da mejor la medida de su altísimo nivel como científico social. No puede ser este espacio colectivo el lugar adecuado para reseguir con exactitud la trayectoria científica de Nadal. Una bibliografía exhaustiva hasta 1999 fue publicada en el primero de los dos volúmenes de homenaje que le dedicó la Universidad de Barcelona en aquel año. De lo relacionado allí merecen a mi juicio especial mención su tesis doctoral (La population catalane de 1553 a 1717. L ‘immigration française et !es autres facteurs de son developpement, en colaboración con Emili Giralt, S.E.V.P.E.N., Paris, 1960), el libro sobre La población española (Ariel, 1966-1984) y, naturalmente, El fracaso de la Revolución industrial en España, 1814-1913 (Ariel, 1975) hito indiscutible de la historia contemporánea de España. De lo publicado en las dos últimas décadas destacan dos grandes trabajos de síntesis, el Atlas de la Industrialización de España, 1750-2000 (Crítica / Fundación BBVA, 2003) y el Atles de la Industrializació de Catalunya, 1750-2010 (Vicens Vives, 2012).  

Pocos meses antes morir dio a la imprenta su última obra: La Hispano Suiza. Esplendor y ruina de una empresa legendaria (Pasado&Presente, 2020). Un trabajo al que dedicó todos sus desvelos en los últimos veinte años. De alguna manera la gestación de este libro nos puede servir como ilustración de su forma de investigar. Primero, claro está, la detección de un tema relevante que había pasado inadvertido o no había encontrado un tratamiento adecuado. Podía tratarse de la emigración francesa a Cataluña en el siglo XVII, de la incompleta industrialización de la España del siglo XIX, o la trayectoria de una empresa española que lideró a nivel mundial un sector de alta tecnología durante más de veinticinco años. Luego venía la inmersión documental que conllevaba inevitablemente un trabajo ingente de rastreo de todo tipo de fuentes, desde los informes y estadísticas oficiales hallados en archivos nacionales y extranjeros hasta los más recónditos escritos privados de los protagonistas, pasando por la información cualitativa y cuantitativa contenida en la documentación empresarial. Ninguna concesión al chismorreo inútil, sino la voluntad de integrar todo aquello que pudiera contribuir a la comprensión del fenómeno. Carpetas y cajas iban acogiendo la información acumulada, que aparecía a menudo en forma de notas escritas en soportes sorprendentes, desde solapas de sobres hasta reversos de carteles publicitarios.  

Increíblemente, todo ese caos aparente que aturullaría al documentalista más sagaz se convertía después -mediante un trabajo a la vez minucioso y creativo- en textos extraordinariamente ágiles y bien elaborados que mostraban con precisión el alcance de los resultados obtenidos y también sus limitaciones.  

La muerte de un maestro de la talla intelectual de Jordi Nadal nos entristece a todos y deja en muchos de nosotros un profundo sentimiento de orfandad. Por encima de estos sentimientos personales, sin embargo, lo que nos deja como legado indiscutible es su ejemplo de trabajo y dedicación y sus aportaciones decisivas al conocimiento de nuestro pasado demográfico y económico.  

Carles Sudrià 

Catedrático (jubilado) de la Universidad de Barcelona 

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