Texto en recuerdo de Miguel Artola

Ha muerto Miguel Artola, Historiador. Texto de Juan Pro

La noticia del fallecimiento de Miguel Artola, el pasado 26 de mayo, nos sorprendió en plena epidemia de coronavirus, con las universidades cerradas y las actividades presenciales suspendidas. Ello ha impedido que las reacciones del mundo académico se reflejen de forma inmediata en actos de homenaje a la altura de la influencia que ejerció y el aprecio que merecía el profesor Artola en ámbitos muy diversos. Los homenajes llegarán -algunos ya se han empezado a preparar- cuando las circunstancias lo permitan. Pero mientras tanto, vaya esta nota como recordatorio y testimonio provisional.

Don Miguel (como era llamado con frecuencia por sus alumnos y discípulos con alguna distancia generacional) fue, sin duda, uno de los historiadores más destacados de la segunda mitad del siglo XX en España. Era un historiador a tiempo completo, historiador puro, sin adjetivos, que se esforzó por mantener en todo momento la visión de la Historia: visión global, que no aísla sectores ni fenómenos; visión trasnacional, que rechaza la especificidad irreductible de país alguno (especialmente el suyo); visión temporalizada, que enlaza los acontecimientos y los procesos buscando explicaciones genéticas y de largo plazo; visión que enlaza el presente con el pasado -y el futuro- en un continuo intensamente vivido como propio. Historiador vocacional, activo desde que en 1948 entró como profesor adjunto en la Universidad Central hasta la víspera de su muerte con 96 años, que le sorprendió trabajando en una revisión a fondo de la Revolución francesa.

Entre medias, setenta años de intensa actividad investigadora le llevaron a tratar algunos de los grandes temas y problemas de la Historia moderna y contemporánea, visitando campos muy diversos. Fue uno de los grandes renovadores de la historiografía española bajo el régimen de Franco, desplazando el foco de atención hacia la Edad Contemporánea, recuperando la tradición liberal y constitucional, insertando la revolución española en un contexto europeo del que acostumbraba a presentarse aislada, y, en definitiva, reivindicando la riqueza de un siglo XIX que el franquismo enseñaba a despreciar. Con todo ello, abrió cauces para una interpretación alternativa de la historia contemporánea de España.

Creo que su aportación en ese sentido no fue solo historiográfica, a pesar de la importancia indudable de obras como Los afrancesados (1953), Los orígenes de la España contemporánea (1959), La España de Fernando VII (1968) o La burguesía revolucionaria, 1808-1874 (1973). Fue también una aportación vital, que está en la memoria de muchos investigadores a los que ayudó a entrar como profesores en la anquilosada universidad franquista y a abrirse camino en una profesión que el Régimen pretendía hegemonizar al servicio de su legitimación y su discurso. También queda, de esa labor, la educación histórica de varias generaciones de españoles, no solo los que fuimos sus alumnos directos, sino los muchos más que leyeron sus obras, y que constituyen una buena parte de quienes protagonizaron la lucha antifranquista y la construcción de la democracia. En definitiva, su mayor legado tuvo que ver con la recuperación de la memoria histórica y la generación de una cultura política democrática; algo que no entraba en contradicción con la obsesión por el rigor de la investigación documental, sino que era estrictamente coherente con ello. La contribución a la fundación de la Asociación de Historia Contemporánea, de la que fue primer presidente entre 1988 y 1996, tuvo mucho que ver con esta trayectoria anterior: don Miguel puso entonces su prestigio al servicio de un empeño colectivo en el que estaba implícita la idea de fortalecer el tejido asociativo, pero también la maduración de la historia como actividad profesional con sus propias organizaciones y portavoces; y lo que surgió fue una Asociación y una revista (Ayer) que mantienen hasta el día de hoy la huella de su magisterio.

Fue también Artola un pionero en cuanto a la inserción en el relato histórico general de los fenómenos económicos y sociales, reconociéndoles una relevancia comparable a la de los hechos políticos, diplomáticos y militares que habían constituido el núcleo fundamental de la historiografía tradicional. Su diálogo con los economistas e historiadores económicos resultó, por ello, especialmente fecundo en temas como la propiedad de la tierra y la Hacienda Pública, sobre los que escribió obras como La Hacienda del Antiguo Régimen (1982) y La Hacienda del siglo XIX. Progresistas y moderados (1986); y dirigió otras de carácter colectivo, como La economía del Antiguo Régimen: el señorío de Buitrago (1973), La economía del Antiguo Régimen: la “renta nacional” de la Corona de Castilla (1977), El latifundio. Propiedad y explotación, siglos XVIII-XX (1978), Los ferrocarriles en España, 1844-1943 (1978), La economía española al final del Antiguo Régimen. IV: Instituciones (1982), o Estudios de Hacienda: de Ensenada a Mon (con Luis María Bilbao, 1984). Artola mantuvo siempre un punto de vista global, de historiador generalista, que le mantuvo alejado del área de la historia económica propiamente dicha (a la que, sin embargo, se dirigieron muchos de sus discípulos y colaboradores). Algunas de sus obras de temática general -como Antiguo Régimen y revolución liberal (1978), la Enciclopedia de Historia de España, que dirigió entre 1988 y 1991, y por la que obtuvo el Premio Nacional de Historia en 1992, o su Historia de Europa (2007)- atestiguan ese papel relevante que reclamaba para la economía en cualquier aproximación a la Historia.

Su obra se extiende a muchos otros temas, como la historia política de la España contemporánea (Partidos y programas políticos, 1808-1936, 1977), las constituciones en general (El modelo constitucional español del siglo XIX, 1979; Constitucionalismo en la historia, 2005), la de 1812 en particular (Las Cortes de Cádiz, 1991; La Constitución de Cádiz (1812), 2008), la Monarquía española de la Edad Moderna (La legislación del Antiguo Régimen, 1982; La Monarquía de España, 1999), los derechos del hombre (tema de su discurso de ingreso en la Real Academia de la Historia, en 1982), la Guerra de la Independencia (La Guerra de la Independencia, 2007), o la historia de la ciencia moderna (Los pilares de la ciencia, 2012, con José Manuel Sánchez Ron), o la historia de su ciudad natal, San Sebastián (Historia de la reconstrucción de San Sebastián, 1963; Historia de Donostia-San Sebastián, 2001). De su importante labor docente dan cuenta manuales como los Textos fundamentales para la Historia (1968) y Contemporánea: la Historia desde 1776 (con Manuel Pérez Ledesma, 2005).

El Premio Príncipe de Asturias de Ciencias Sociales, que obtuvo en 1991, fue un reconocimiento a esta dilatada trayectoria. Sus discípulos de la Universidad de Salamanca (donde fue catedrático en 1960-69) y de la Universidad Autónoma de Madrid (catedrático en 1969-88 y luego Profesor Emérito) echaremos mucho de menos su continua incitación a pensar históricamente, a hacerlo críticamente y a hacerlo con absoluta independencia; y sobre todo la forma de transmitir esa actitud, con un entusiasmo y un sentido del humor irrepetibles.

Juan Pro

Universidad Autónoma de Madrid

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