Josep Fontana* y la Historia Económica

Si ya resulta imposible ofrecer un breve resumen de la obra de Fontana (20 noviembre 1931- 28 agosto 2018), autor de unos treinta libros y un sin fin de artículos o prólogos, mucho más lo es parcelar una faceta de su investigación, pues nunca aisló un problema de sus adherencias sociales y políticas, algo que le valió prevenciones o antagonismos diversos. Serían reacciones frente a lo que J. Nadal denominó su “vocación de misionero laico (…) de implicar a los mortales en la marcha del mundo” (“Elogi de Josep Fontana”, 2004). El ejemplo extremo es que el Opus Dei prohibiera varios de sus libros en el Index de 2003 (se necesitaba permiso especial para leerlos), entre ellos La crisis del Antiguo Régimen (1808-1833) [1983], algo insólito si se ignora la dura crítica al padre Suárez Verdeguer por su interpretación de la España liberal. Este tema de la crisis del Antiguo Régimen, constituye, en efecto, uno de los territorios trabajados intensivamente en el que sobresale la obra cumbre de La quiebra de la monarquía absoluta, (1814-1820) [1971]. Varios libros publicados por el IEF convirtieron a Fontana en el mejor analista de la Hacienda Pública, no en un hacendista al uso, pues integró la reforma tributaria en el estudio de la revolución liberal y al considerar la Hacienda como “alimento del Estado” (Hacienda Pública Española, 1989) correlacionó directamente crisis fiscal y política. El papel de América, los límites de la política ilustrada, la crisis de la deuda, etc. convierten estas investigaciones en lectura obligada para comprender el crecimiento económico español de 1750-1850. Igual que sería estéril prescindir de La fi de l’Antic Règim i la industrialització (1787-1868 [1988]) para entender el desarrollo del modelo industrialista catalán.

Es obvio que el paso del tiempo ha fortalecido más unas hipótesis que otras, pero su obra resulta clave, en términos de historia institucional, para entender el papel del Estado en el crecimiento económico y la gravedad de la crisis que abarcó medio siglo XIX con efectos mucho más esterilizadores que los sufridos por Francia entre 1789 y 1848, pese a padecer guerras y revoluciones de efectos mucho más devastadores que los que experimentó España.

Hechos e ideas nunca estuvieron separados en la obra de Fontana y así en La quiebra utilizó la obra de Gonzalo de Luna (1820) para superar las simplificaciones de las opciones políticas con el esquema proteccionismo-librecambismo. No faltan, en efecto, las aportaciones en la historia del pensamiento económico. Merecen destacarse “De Adam Smith a Karl Marx” (1977), y “El pensamiento económico marxista en España” (Economía y economistas españoles, vol. 5, 2001) donde rastreó los graves errores de las traducciones de Marx o la acomodación interesada que hicieron los partidos de izquierda de su obra.

Además de los siglos XVIII-XIX, tuvo ocasión de explorar la historia económica de los años 30 y del franquismo (entre otras publicaciones, con J. Nadal, “Spain, 1914-1970” [1976], y ed. de España bajo el franquismo [1986]).  Pero es sabido que Josep Fontana no era un crédulo en las virtudes del crecimiento económico y de sus “frutos”: el proceso ininterrumpido de progreso. Dos de sus acreedores intelectuales como W. Benjamin y E.P. Thompson le inducían a ser desconfiado, pese a que la prosperidad de los «treinta gloriosos» años, entre 1945 y 1975, había suscitado el renacimiento de un optimismo que parecía anticipar el fin definitivo de la pobreza en el mundo. El despertar del sueño llegó pronto, en los primeros años 70,  y especialmente con la crisis de 2007 a cuyos orígenes y consecuencias dedicó varias publicaciones. Dos aspectos merecen citarse. El primero es el enfoque de la desigualdad haciendo accesible al gran público informes como el de mayo de 2009 –firmado por cuarenta economistas norteamericanos, que incluían a premios Nobel como Arrow, Stiglitz o Solow- que relacionaban «la creciente desigualdad con la erosión de la capacidad de los trabajadores para organizarse sindicalmente y negociar colectivamente» (citado en Por el bien del Imperio, 2011). El segundo es el de la sostenibilidad del crecimiento económico ante los desequilibrios estructurales en la cadena alimentaria mundial después del agotamiento de la “revolución verde”. Lo expuso en varios artículos y en   El futuro es un país extraño. Una reflexión sobre la crisis social de comienzos del siglo XXI (2013).

Por último, en consonancia con lo  expuesto al inicio de esta semblanza, no tuvo reparos en exponer su preocupación por la utilización de determinada metodología en la historia económica: «Si al manejo de datos mal entendidos le añadimos el riesgo de operar con ellos a medio y largo plazo, sin tomar en cuenta los cambios que se producen en las condiciones sociales – olvidando, como dijo Solow, que “la validez de un modelo económico puede depender del contexto social” (1987) – se acaba operando en condiciones en que “un poco de habilidad y de persistencia nos puede llevar al resultado que deseemos”» (“El  futuro de la historia económica”, 2014).

Como Josep Fontana escribió a la muerte de Ramón Carande, según él su “maestro y amigo”, hoy somos más pobres, algo que solo se corrige en parte con la lectura de su obra.

 

Ricardo  Robledo

Profesor visitante de la Universitat Pompeu Fabra

 

* Presidente de la Asociación Española de Historia Económica (AEHE) entre 2002 y 2005. Premio a la Trayectoria Académica 2009

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